¿Los judíos solo hablan de sus madres?



¿Los judíos solo hablan de sus madres?

¿De qué hablan los judíos en análisis?, y otras preguntas a Daniel Sibony (Psicoanalista y escritor)


Supongamos que un paciente venga a verlo y que usted no sepa que es judío. ¿Podría, por los temas que aborda, por la forma particular de su angustia o por un “no sé qué”, reconocer que él es judío?

– Creo que es una pregunta apasionante, porque es la pregunta de todas las personas apasionadas por los judíos, de forma positiva o negativa: ¿cómo detectar a un judío? 

Sucede que es la pregunta que hacían los nazis en su época. Ellos buscaban rasgos específicos que comprobaran “con seguridad” que el individuo es judío, y se exasperaban con el hecho de no encontrar nada. 

Fueron a buscar esos rasgos en la biología. Tal vez los apasionante en la pretendida identidad judía, es que que no se deja detectar, ni definir, sino que sobreviene en cualquier otra identidad en forma de pregunta.

Ella pone en cuestión todas las otras pretensiones de identidad.

Pero usted cree que existe en cuanto tal, sin la mirada de los otros?

– Sin duda. Existe en cuanto tal como algo cuya especificidad es la de minar todos los intentos de encuadrarla. Y es curioso que de un lado sean los enemigos, pero de otro también los amigos – quienes la quieran definir, y tener claridad sobre ella.

Tal vez sea un síntoma de su problema frente a esa identidad: gustarían verla con claridad. 

Sepa que toda la tradición judía se ocupó durante milenios de la cuestión de saber lo que ella es. Los judíos se alimentaron de la pregunta: ¿quiénes somos nosotros y qué tenemos de específico? 

Justamente, lo que tienen de específico es posible que sea un gran signo de interrogación sobre la palabra “judío”. 

Lo que hace de ti un judío es el hecho de que, como muchos, te planteas una pregunta, pero una pregunta lo suficientemente “nutritiva” como para sostenerte.

Quisiera que me hablase de sus pacientes judíos. ¿Podría decirme si hablan más que los demás de sus madres?

Lo que es curioso y a veces conmovedor es que todo el mundo habla de su mamá. Parece que así le damos una satisfacción que ella pide.

Mi libro “La judía” comienza con una broma donde tres mujeres se vanaglorian del amor de sus queridos hijos.

– El mío, dice la mujer árabe, me adora, se casó con una mujer escogida por mí. y cuando voy a visitarlo, me siento. . . en casa. 

– El mío, dice la mujer cristiana, sólo hace lo que quiero, él adivina todos mis deseos. 

– El mío, dice la mujer judía, va tres veces por semana a un Spikanalista al que le paga mucho dinero para hablarle… de mí.

He aquí una madre, la judía, que supera a las otras dos invocando una palabra interminable, tal vez fútil e indefinida, pero a causa de ella. 

En la tradición judía sólo hay una cosa acerca de la cual. se pide que hablemos sin interrupción, “día y noche”, evocándola en casa o fuera de ella, al dormirse y al despertar “, y es la Torá (Biblia). 

Así, en esta historia la madre judía formula con toda simplicidad su deseo de ubicarse en el lugar del texto, de la Ley. 

Pero la fantasía de que la madre está en el origen del lenguaje es una fantasía que existe también entre los no judíos. 

De modo que en realidad, problema es que todo de lo que hablan los judíos se encuentra (también) en los no judíos, y es por eso que el antisemitismo tiene futuro.

Creo que el racismo -del que el antisemitismo es la forma más pura – es el horror de ver que lo otro se torna lo mismo porque de repente lo mismo se vuelve otro. 

Ahora bien, los judíos constituyen un blanco singular ya que, siendo una entidad un poco a parte, son iguales a los otros. Su diferencia no es visible.

¿Existe una angustia judía?

– Digamos que hay una tradición judaica sobre la manera de frecuentar la angustia, de relacionarla al hecho de ser muy singulares, etc.

Hay una deliciosa anécdotas sobre eso.

Una mujer judía está en un tren e insiste en saber si el pasajero que está sentado a su lado es judío. El individuo trata de evitarla, pero ella insiste tanto que el hombre acaba gritando: “Bueno, está bien, soy judío”.

Y la mujer responde “es gracioso, porque no lo parece”.

Es verdad que en los judíos hay una cierta compulsión a hacer preguntas, rehacerlas y volverlas sobre sí mismos.

Pero la angustia es algo mucho mayor que eso. Usted debería haberme preguntado en qué los no-judíos son judíos.

Esto es, en que ello se confrontan a preguntas que la tradición judía viene rumiando desde hace milenios: ¿que significa transmitir algo? ¿qué es el inconsciente?

La trampa para los judíos es que su identidad parece tener un nombre.

Pero si los sabios y los rabinos dicen que es preciso estudiar la Torá día y noche, es porque ese nombre no está claro, y ellos que saben muy bien que es el propio estudio el que hace que eso consista en algo.

¿Uno podría acelerar un poco, obtener una respuesta de una vez por todas, para pasar a otra cosa?

Pues no. La trampa de la cuestión judía es que cuando entramos en ella, no se pasa nunca a otra cosa, porque ella es otra cosa. 

¿Por qué se hizo analista? ¿El hecho de ser judío tuvo alguna importancia?

– En la medida en que eso forma parte de mi condición de ser, sí.

El holocausto fue para mí un terrible enigma. Sí, en mis escritos siempre me las veo con él,, es algo que me lleva a pensar constantemente.

En dos de mis libros, el análisis del antisemitismo y del Occidente ocupan un lugar importante.

¿El análisis te acerca al judaísmo?

– En la hermenéutica judía, se interpreta en relación con un corpus que ya existe.

Yo pienso que hay otra cosa por hacer, hoy en día.

El Talmud era el modo que los judíos tenían para hablar de su judeidad. Cada época puede reescribir su Talmud.

En cierto sentido, los dos libros que escribí sobre la cuestión judía fueron un poco una contribución al Talmud.

 

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